El Mico Malo

Leyenda "El Mico Malo"


El Mico malo es un animal fantástico, que el pueblo imaginaba como un mono enorme y horrible, de ojos color de fuego y pelo negro y erizado, que deja huellas incandescentes como quemaduras.

La leyenda cuenta que el Micomalo suele aparecer por las noches, rondando casas y puentes, lanzando terribles aullidos, columpiándose entre las ramas de los árboles, para luego lanzarse sobre los viandantes y hacerles daño. Se dice que puede ser invocado como cómplice y enviarlo a atacar a otras personas.

El Mico Malo

Otras Leyendas Populares

El Cadejo

Cuenta la leyenda que fue el tercer hijo varón, parrandero y vago de un gamonal de Escazú. Siempre echado de día, en las noches envolvía un yugo en cobijas, lo ponía en la cama y se escabullía a parrandear.

La Segua

Hace mas de doscientos años, en un pueblito de Cartago, vivía una hermosa mujer, la más bella del pueblo. Linda como una rosa, de curvas pronunciadas, hermosísimos bustos, piernas torneadas y una cara sin igual; sin embargo era la muchacha muy orgullosa.

La Carreta sin Bueyes

Cuenta la leyenda que una bruja vivía en un caserío del antiguo San José, pueblo de carretas, gente sencilla y creyencera; la bruja estaba enamorada del más gallardo de los muchachos del pueblo.

La Bruja de Escazu

Cuenta la leyenda que esta bruja era negrita y una de las últimas brujas del pueblo más renombradas, que habitaba al norte de la Iglesia del centro de Escazú.

La Piedra de Aserri

Era otra época, eran otros tiempos; y el pintoresco poblado de Aserrí, estaba gobernado por un español ilustre y bien parecido; Pérez Colma era su nombre y muchas las miradas femeninas que seguían sus pasos y muchos los corazones que suspiraban por el apuesto hombre.

La Tulevieja

Esta era una viejita que vivía cerca del río Virilla en una casucha destartalada por el tiempo, usaba para taparse del sol un gran sombrero de “tule”, hoja amplia de la planta del mismo nombre.

La Llorona

En las altas horas de la noche, cuando todo parece dormido y sólo se escuchan los gritos rudos con que los boyeros avivan la marcha lenta de sus animales, dicen los campesinos que allá, por el río, alejándose y acercándose con intervalos, deteniéndose en los frescos remansos que sirven de aguada a los bueyes y caballos de las cercanías, una voz lastimera llama la atención de los viajeros.