Leyendas de Costa Rica

Pasadas a través de la tradición oral de nuestro pueblo, las leyendas son fragmentos de la cultura de antaño de Costa Rica y que relatan historias con una moraleja, en la manera en que nuestros abuelos veían las cosas tiempo atrás.

El Cadejo

El Cadejos

“De origen vulgar pero con la tiempo ha tomado prestigio y decoro”.

Cuenta la leyenda que fue el tercer hijo varón, parrandero y vago de un gamonal de Escazú. Siempre echado de día, en las noches envolvía un yugo en cobijas, lo ponía en la cama y se escabullía a parrandear.

El Mico Malo

El Mico Malo

El Mico malo es un animal fantástico, que el pueblo costarricense imagina como un enorme y horrible mono, de ojos color de fuego y pelo negro y erizado, que deja huellas incandescentes como quemaduras.

La Segua

La Segua

Hace mas de doscientos años, en un pueblito de Cartago, vivía una hermosa mujer, la más bella del pueblo. Linda como una rosa, de curvas pronunciadas, hermosísimos bustos, piernas torneadas y una cara sin igual; sin embargo era la muchacha muy orgullosa.

Leyenda La Yeguita

La Yegüita

En Nicoya existe la leyenda de que en el tiempo de la conquista, un indio y su pareja encontraron una veta de oro en el camino a Curime. De esta sacaba oro el cual cambiaba, entre los españoles, por alimentos y ropa.

La Carreta sin Bueyes

La Carreta sin Bueyes

Cuenta la leyenda que una bruja vivía en un caserío del antiguo San José, pueblo de carretas, gente sencilla y creyencera; la bruja estaba enamorada del más gallardo de los muchachos del pueblo.

Iztaru

La Leyenda de Iztaru

Hace muchos años, antes de que los españoles llegaran a Costa Rica y Juan Vásquez de Coronado fundara Cartago, los grandes palenques se levantaban en las partes Norte y Sur de la región del Valle del Guarco.

El Turrialba

La leyenda del Turrialba

Muchos años antes de la conquista, habitaban esta fértil región, indios fuertes y valientes. El Cacique, viejo viudo, cuidaba como único tesoro a su hija, hermosa joven de quince años, de cuerpo esbelto, de pechos en maduración, carnes morenas provocativas.

La Bruja de Escazu

La bruja de Escazú

Cuenta la leyenda que esta bruja era negrita y una de las últimas brujas del pueblo más renombradas, que habitaba al norte de la Iglesia del centro de Escazú.

La Piedra de Aserri

La Piedra de Aserri

Era otra época, eran otros tiempos; y el pintoresco poblado de Aserrí, estaba gobernado por un español ilustre y bien parecido; Pérez Colma era su nombre y muchas las miradas femeninas que seguían sus pasos y muchos los corazones que suspiraban por el apuesto hombre.

La Tulevieja

La Tulevieja

Esta era una viejita que vivía cerca del río Virilla en una casucha destartalada por el tiempo, usaba para taparse del sol un gran sombrero de “tule”, hoja amplia de la planta del mismo nombre.

La Llorona

La Llorona

En las altas horas de la noche, cuando todo parece dormido y sólo se escuchan los gritos rudos con que los boyeros avivan la marcha lenta de sus animales, dicen los campesinos que allá, por el río, alejándose y acercándose con intervalos, deteniéndose en los frescos remansos que sirven de aguada a los bueyes y caballos de las cercanías, una voz lastimera llama la atención de los viajeros.

Leyenda Los Duendes

Los duendes

No hay una sola persona que no haya escuchado hablar sobre los duendes. Esas pequeñas criaturas con las que las madres amedrentan a los niños: “Te van a llevar los duendes”.

Muerra

Los Muerras

Los Muerras eran gigantes que bajaban por la serranía de Tilarán, o por el Río Frío procedentes del Lago de Nicaragua; indudablemente debieron ser los Niquiras, cuyos vestigios se hallan en la Isla Sagrada Zapatera, entre Granada y Ometepe y las Islas Solentiname.

Vaca

El paso de la Vaca

¿Qué origen tiene la denominación “El Paso de La Vaca”?

Me lo contó un anciano que se las sabe todas, de esos que no pierden ni el mínimo detalle de lo visto o escuchado.

Hormigas de Nandayure

Las hormigas de Nandayure

En cierta ocasión en que la bella Nandayure regresaba de una de sus frecuentes expansiones espirituales , por las alturas de los cerros de Maquenco y Las Camas, desde donde por horas de horas se quedaba extasiada contemplando el mar.